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            “Fue en el
Old Met Music Hall de Edgware Road, sentado a su lado, donde empecé a aprender
los rudimentos de la crítica, cómo juzgar los estilos, o su ausencia. Ruskin,
Lukács, Berenson, Benjamin y Wölfflin vendrían después. La formación esencial
la recibí en el Old Met, mirando desde el gallinero y rodeado de un público
escandaloso, receptivo e implacable, que juzgaba sin piedad a los humoristas, a
los acróbatas, a los cantantes, a los ventrílocuos. Vimos como Tessa O’Shea
hacía venirse el teatro abajo con los aplausos, y vimos cómo la abuchearon
hasta que tuvo que abandonar el escenario con el cabello empapado en lágrimas.
            Los números
tenían que tener estilo. Había que ganarse al público al menos dos veces cada
noche. Y para hacer esto, la imparable secuencia de gags tenía que conducir a
algo más misterioso: la propuesta, conspirativa e irreverente, de que la vida
misma era un número cómico. 
           (…)
            El
micrófono acabará con su arte, me susurró Ken en el gallinero. Le pregunté qué
quería decir. Escucha cómo usan la voz, me explicó. Hablan desde la otra punta,
y los oímos como si estuviéramos en medio de ellos. Si empiezan a utilizar
micrófono, dejará de ser así, y el público ya no se sentirá en medio. El
secreto de los artistas de music hall es que actúan indefensos, como lo estamos
todos. Si le das un micrófono a un artista, lo armas. La situación es
completamente distinta.
            Tenía
razón. El music hall había muerto una década después.”
Págs. 86, 87, 88;
BERGER, John; Aquí nos vemos,
Alfaguara, Madrid, 2005
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